El ex presidente cree que uno de los retos a los que se enfrenta la institución es el control de los instrumentos derivados, que han crecido a velocidad de vértigo. Han pasado casi 20 años desde que Luis Carlos Croissier tomó las riendas de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). El 8 de octubre de 1988 fue nombrado presidente de un organismo que en aquel momento iniciaba su andadura.
Había sido ministro de Industria con Felipe González y tiene el récord de ser el presidente que más ha aguantado en el cargo. Tuvo ocho años para construir la institución. Su vida ha cambiado, pero guarda buenos recuerdos. Es presidente de Eolia, y forma parte del consejo de administración de Repsol y de Adolfo Domínguez. “Me parece mentira que haya pasado ya tanto tiempo”, afirma.
El ex presidente llama la atención sobre uno de los retos a los que se enfrenta ahora la CNMV, y también otros supervisores, que es a la creciente importancia de los instrumentos derivados, cuyas ramificaciones son muy amplias. “En los últimos diez años el mercado español se ha movido a una velocidad de vértigo con los derivados”, indica.
Respecto a cómo ve la CNMV actual, destaca que “ha crecido mucho en competencias y estructura. Se ha ganado el reconocimiento de su importancia porque los primeros años carecía de él”.
En cuanto al hecho de que el Banco de España goce de más prestigio que la CNMV, Croissier señala que “siempre se les compara, pero el peso de la historia y el de las instituciones es muy distinto”, explica. “El Banco de España lidia con un número limitado de entidades, mientras la CNMV está más expuesta al gran público, a las empresas cotizadas, a los inversores públicos y privados”, justifica. Además, añade que otro factor en contra de ese prestigio es que los temas que atañen al supervisor de los mercados suelen ser más controvertidos.
Desde la distancia que le permite mirar la labor de la institución desde el otro lado, Croissier destaca que “el gran problema de la CNMV es que muchas veces hay dudas sobre hasta dónde debe llegar en sus funciones y dónde no. Sería muy bueno que esa frontera se aclarara”.
Croissier se muestra también partidario de que la institución formalice las relaciones entre el supervisor y las empresas que vigila, dejando claro cuándo está recomendando y cuándo está obligando. “Un organismo de esta entidad debe saber sus competencias y ceñirse a ellas”. Tiene claro que no es una tarea fácil porque muchas veces no están delimitadas.
El que fuera primer presidente de la comisión muestra sus dudas sobre el papel que juega la institución en temas en los que se ha ido introduciendo con el tiempo, como el gobierno corporativo de las cotizadas.
Los inicios fueron duros. “Hay cosas que hoy parecen de lo más natural, pero que entre 1980 y 1990 no era nada fácil”, indica Croissier. Hace referencia al momento en el que se estableció que había que comunicar las participaciones superiores al 5% en las compañías cotizadas. “Tuve casi una sublevación”, recuerda.
También levantó muchas ampollas la obligación de comunicar hechos relevantes. “Confirmar o negar una noticia eran cosas que las compañías no asumían. En la década de los 90 fue una labor de persuasión y a veces de persecución”. Sin embargo, reconoce que “no se puede arreglar todo con el reglamento en la mano”.
Fuente: Expansión

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